Excusas para no despertar
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Una vez más Lucrecia va a la facultad sin comer. Hace unos días que no puede probar bocado. Se queda mirando la comida, haciendo girar su tenedor en el borde del plato. Todo comenzó el día de su cumpleaños. Se levantó temprano para ir a una clase. Moría de ganas de faltar, y se dijo a si misma: -No debéis poner excusas para no despertar.
Una multitud gritaba en la esquina. Lucrecia se acercó rápidamente, buscando formar parte del amontonamiento, cuando la Presidente del Centro de Estudiantes sacó de su morral un par de fotocopias y las hizo circular. Una vieja petisa del Partido Obrero se puso un megáfono en la boca y empezó: -La faculta está tomada, vayan a sus casa porque clases no hay ni va a habe hasta que se resuelva el estatutoooo! Nuestra cumpleañera se alejó con decisión, aunque un poco confundida. Cruzó la plaza y de repente BOOM! algo explotó en la esquina.
La gente corría con desesperación, pero curiosamente hacia la bomba, pensó Lucrecia, que corría con la gente. Se dio cuenta ya más cerca que en realidad no había ninguna bomba sino un terrible accidente de un colectivo estrellado de lleno en la pared. Se puso bastante nerviosa y manoteó en su bolso en busca de Rivotril. Una chica pasó a su lado repitiendo: -No me pasó nada no me pasó nada no me pasó nada- Lucrecia vio que tenía toda la cara ensangrentada desde los ojos al mentón, y que le faltaban unos dientes. Nuevamente se alejó con decisión, y bastante confundida, cuando se acordó que tenía que pasar por el super.
En la seccion Carnicería Lucrecia buscaba una costeleta. Se entretuvo levantando las bandejas y metiéndoles el dedo para sentir la ternura de la carne. Se enamoró de un trozo de cuadril bien rojo y casi sin grasa, y se lo llevó. Mientras iba a la caja no dejaba, sin darse cuenta, de manosear la carne, hasta que el papel envoltorio se abrió y le saltó un buen chorro de jugo en la frente.
-Qué boluda, soy tan boluda, no dejaba de repetirse, tratando de limpiarse con la manga del buzo.La cajera le aconsejó que cambiara la bandeja, que esa estaba abierta, pero Lucrecia no quiso.
Entró al departamento, puso la plancha a calentar y abrió la bolsa del super. La carne estaba morada, le dio la impresión de que agonizaba. La acercó al oído y escuchó un chirrido, algo se movía dentro. Por las dudas apagó la hornalla y dejó el pedazo crudo en la mesa. Algo pasó en Lucrecia en ese momento, y hasta ella misma sintió que nunca más iba a ser la misma (si es que alguna vez lo había sido). Desde entonces le es imposible alimentarse, pero se contenta con ir a la cocina, varias veces en el día, a contemplar su carne. -Y sentir que es mía, mía, mía.
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luciana tagliapietra
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texto enviado por luchi a lucrecia el día 7 de octubre de 2011. escrito en 2007. sin conocernos.
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buen feriado para todos!
mumu



